Rockeros, mortales como cualquiera

Cuando yo nací, no fue  como dicen los boleros, panita. No salieron ni el sol ni las estrellas ni nadie. Solo salí yo.  No tuve circo, ni foto en el parque, ni cancha para jugar fútbol. Tampoco me contaron cuentos, no leí Tom Sawyer ni soplé las velas con mis amigos del barrio. En la escuela jamás me pararon bola ni los profes ni mis viejos. Mi taita, tuvo que emigrar a la yoni y mi vieja,  tenaz la man, terminó criándonos.

A la U ni voy a entrar ¿Para qué mierda voy a entrar? Apenas pueda, me piso a los Estados Unidos, a España.  De ahí que uno se mete es full con el rock, con el metal, el grunge, el ska, el punk. Con las letras de estos manes, con la gana que le meten, la fuerza que botan.  Ya en el concierto, me pego mi media de plomo, mosheo, me concentro en lo que hacen las bandas, mato la violencia que sí cargo adentro.   El rock, panita,  me da chance de juntarme con otros como yo. Y de seguir viviendo. Viviendo, claro. Pero cabreado.

Juan Andrango, estudiante secundario de 18 años, oficial de mecánica automotriz y fanático metalero, durante el concierto de rock en el Coliseo Julio Cesar Hidalgo, en Quito, Mayo del 2000.

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